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Mi pene nunca fue verde

El aire quieto, estancado. Una mosca enorme zumbando ruidosamente por toda la habitación. El impulso de aplastarla juguetea en mi mente con el sabor amargo de los recuerdos.

Willy Fog, daba la vuelta al mundo con sus amigos; al otro lado de la pantalla estuve yo, siguiendo su viaje. Pero de eso ya hace años, años desde el día en que vi los Mosqueperros en la cama de mi madre, enfermo.

Mi primo dándole patadas a una pelota, que golpea la pared y vuelve a él. El movimiento me hipnotiza. Repeticiones perfectas, hasta que resbala y cae de espaldas al suelo. Un golpe seco y boquea emitiendo extraños sonidos, sin respiración. Me siento en el suelo para ponerme las zapatillas. Puede estar agonizando, pero por alguna razón no me apetece correr descalzo a pedir ayuda.

Me miro en el espejo, en casa de mi tía. La cabeza me sangra. Las paredes de ladrillo son preciosas, una maravilla. Hasta que te caes de la bici y te golpeas la cabeza con ellas. Llevaba un bocadillo en una mano, y un insecto en la otra, así que la caída era inevitable. Veo la habitación en penumbra, repleta de sombras, aunque puede que una fuerte luz brillase en el techo.

El moscardón zumba encima de mi cabeza. Tendría que haber cerrado la puerta de mi cuarto, de todas formas el aire no corre aunque esté abierta. Está estancado a mi alrededor, como un líquido espeso. No sudo, aunque quizá es no es posible sudar bajo el agua.

Bajo por la cuesta de tierra, con la bici que encontró mi abuelo. El camino está lleno de baches, y las partes inservibles de la bicicleta se desprenden como las escamas viejas de un reptil. Al llegar abajo no tengo guardabarros, ni un par de reflectores. Ya los recogeré a la vuelta, aunque nunca más los volveré a colocar en su sitio. Años después seguiré encontrándome el guardabarros allí, con la misma pintura blanca desconchada, dejando al descubierto el hierro oxidado. En el fondo me identifico con él. Aunque yo no soy un guardabarros, ni estoy pintado de blanco, ni desconchado, ni oxidado ni tirado en el árido suelo almeriense. Pero eso son detalles sin importancia.

El zumbido me distrae momentáneamente, intento no prestarle atención. Como aquella vez sentado en casa, con un extraño siseo que no lograba identificar. Al principio ignorado, oculto. Luego encontrado en un rincón. La cochera se estaba inundando. Las cocheras siempre se inundan cuando quieres leer tranquilo.

Entonces todo se calla. El mundo vuelve a estar quieto otra vez, pero yo sigo escuchando al moscardón zumbar en mi mente. De repente me doy cuenta: no es el moscardón, es el odio. El odio del que no me puedo desprender, el odio que me asquea, como ácida bilis en la garganta. El moscardón no tiene la culpa de nada. Nunca la ha tenido.

Abro la ventana y lo incito a salir. Se pierde a lo lejos.

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Categorías:Misceláneo
  1. Mario
    21 julio 2011 a las 9:37 | #1

    Ha estado guay man

  2. Fonta
    21 julio 2011 a las 23:49 | #2

    Maldito odio que nos atormenta!

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